miércoles, 4 de agosto de 2010

En cuerpos mortales la sensacion de flotar es efecto de una caida vertiginosa

Y uno no sabe si carga en palabras y en sentimientos una sensación infinita o transfinita. Si ese no cuantificable te lo han multiplicado por un google plex y a su vez elevado a la n, mas te ahogas en confusiones. ¿Por qué quien pudiera cargar el peso de tanto o llevar en un cuerpo mortal tan exagerada suma de sensaciones? Ante un semejante uno se desborda y en su ausencia uno se desborda, de tanta suma y resta la causa es la misma pero el efecto de desbordamiento es distinto, no es lo mismo hablarle a una pared que consentir una rosa.

Y es que uno no sabe pero entiende que hay un concepto que es el corruptor y el desatinador de los otros. No hablo del mal, cuyo limitado imperio es la ética, ni del infinito. De este concepto que hablo reconozco que es incorrupto y sin embargo pervierte, enferma, a todos los niveles, suave con las sensaciones mas bellas y desesperante con aquellas mas horrendas, no se rige por reglas y se le asemeja a la guerra, violento, caótico, desastroso y humillante. ¿Qué hay peor y quién más vil que un final enemigo que se presenta como amigo? Que antes de darte una estocada de muerte prefiere dejarte morir en vida. No agudamente, no señor, crónicamente que es peor.

Y es que tan enfermizo concepto suele salirse de la racionalidad; no se enfrasca, no se define, no se toca y sin embargo el muy perverso suma y resta, quita y da, duele... y vaya que duele. Se siente, envicia y aun doliendo parece dejar dentro la quimera perfecta para seguir creyendo. Para justo al momento del enfermo estar casi limpio, casi salvo, casi sano, casi libre; volver y caer en la fiesta, en los banales placeres de una alegría tan elevada ¡tan elevada! Abro paréntesis que para alcanzarla hay que desarrollar tal velocidad, que el contexto se borra y a favor de la física y en contra de la fisiología un cuerpo en este caso mortal, pierde todo grado de conciencia y en lo más alto que se puede alcanzar. Dirás tu Júpiter, yo diré por fuera de los bordes del límite del universo, la masa inconsciente cae y cae y cae y aun ahí cayendo la sensación de vértigo genera felicidad. Un placer exquisito que solo un inconsciente puede disfrutar, y es que cuando se anuncia la realidad, cuando se dibuja una plataforma -el concreto- sale a relucir que las masas mortales no flotan si no que se caen; y ahí que putas vale la lucidez. Quien recupera la cordura o un estado de conciencia para salvarse, si este perverso concepto te coge y se hace desnudo, no hay ni de donde, ni que agarrar…

Después del concreto la verdad es que no hay más, pero el dolor que deja una caída de tales proporciones es como sufrir mil infiernos, donde los propios quejidos simulan los quejidos de otros miles de pecadores y a la hora de la verdad se está solo, adolorido y quejándose, lo más tenaz es que para sufrir sí se está consciente.